Pick me, girlboss y otras palabras con las que internet afina su crueldad

Cuando una etiqueta deja de servir para pensar y empieza a servir para clasificar, ridiculizar y repartir carnés morales, igual lo que tenemos delante no es lenguaje especialmente liberador. Igual estamos viendo el mismo desprecio de siempre con mejor branding.

Algunas palabras aterrizan en internet con pinta de herramienta útil y a la semana ya están trabajando de otra cosa. Entran con prestigio de análisis y acaban haciendo horas extra como armas arrojadizas. Se desgastan rápido, pierden precisión y ganan una velocidad estupenda para clasificar mujeres, repartir superioridad y ahorrarle esfuerzo a gente encantada de sonar más lista que cruel.

Con pick me ha pasado eso.
Con girlboss, también, aunque con otro vestuario.

Una venía envuelta en crítica social. La otra llevaba oficina luminosa, taza mona y ese feminismo corporativo que te sonríe mientras te mete una reunión a las ocho. Hoy las dos circulan muchas veces como pequeñas piezas de vocabulario listas para colocar a alguien en una balda reconocible: esta da pena, esta va de empoderada, esta quiere gustar, esta sobra, esta ya está juzgada y archivada.

Lo interesante, más que el significado de esas palabras, es el gustito que da usarlas.

Porque internet ha descubierto una maravilla: despreciar a una mujer con jerga y quedar como alguien que ha entendido una estructura histórica complejísima. El insulto tradicional exigía mojarse un poco más. Había que sonar hostil, burda o directamente mezquina. Ahora basta con una etiqueta importada, una mueca cansada y una falsa calma de seminario. Sales del asunto con las manos limpias y cara de haber leído muchísimo.

Hay gente que no quiere discutir una idea. Quiere colocar a una mujer en su casilla y seguir con su tarde.

En teoría, pick me servía para hablar de mujeres que buscan validación masculina marcando distancia con otras mujeres, adaptándose al deseo ajeno o rebajando a otras para resultar más elegibles. El artículo The Pick Me Problem, de Psychology Today, recoge precisamente esa asociación con la misoginia internalizada, pero también el uso expansivo y punitivo que ha acabado teniendo el término en redes.

Y encima hablamos de un ecosistema como Mastodon donde, al menos en las muestras que se han estudiado sobre administración de instancias, predominan claramente los hombres cis. O sea: ni siquiera hace falta ponerse especialmente imaginativa para entender de dónde sale esa obsesión con leer a las mujeres en función de cómo orbitan alrededor de lo masculino.

Y claro, ahí empieza el cachondeo.

Porque una palabra que pretendía describir una conducta concreta acaba convertida en comodín para despachar a cualquier mujer que incomode lo suficiente. A veces se usa con una elasticidad tan ridícula que una acaba pensando que ya no describe una dinámica, sino cualquier presencia femenina que moleste en pantalla. Con ese nivel de precisión, se lo pueden colgar también a una lesbiana con pluma, que bastante poco necesita a un hombre para desear, ligar o tener momentos íntimos. Oh, wait. Ya lo han hecho. Pero internet, cuando encuentra una etiqueta rentable, tampoco se va a poner exquisito con la lógica.

En ese punto ya estamos en policía moral con diccionario bilingüe.

A mucha gente le encanta convertir su antipatía en diagnóstico. No le interesa demasiado lo que la otra ha dicho, ni el contexto, ni qué contradicción real habría que discutir. Le basta con clasificar. Es rápido, da placer y permite mirar por encima del hombro con ese brillo húmedo de quien cree estar haciendo crítica cultural cuando en realidad solo está disfrutando del viejo deporte de poner a otra mujer en su sitio.

Una etiqueta viral te hace el trabajo sucio en segundos y encima te deja con cara de haber aportado muchísimo.

Con girlboss ocurrió algo igual de revelador. Durante una temporada se vendió como símbolo de ambición, liderazgo y éxito femenino, con un envoltorio tan limpio que casi parecía que subir en la jerarquía bastaba para cuestionarla. La pieza The toxicity of girlbossing, de The Berkeley Beacon, va justo a esa herida: ese imaginario no toca las reglas del juego, solo enseña a algunas a sonreír mejor dentro de él. Y alrededor deja un paisaje muy reconocible: mujeres medidas, comparadas, admiradas o ridiculizadas según cómo rindan dentro de un marco que nadie ha desmontado, pero que muchas decoran con tipografía bonita.

Internet tiene un talento especial para coger palabras que nacieron medio vivas y vaciarlas hasta dejarlas en proyectiles ligeros. Pesan poco, vuelan bien y no exigen demasiada responsabilidad a quien las lanza. Quedan estupendas en una quote, en una captura, en una frase con ese tono de “a esta ya la tengo calada” que tanto gusta en redes. Son ideales para un ecosistema donde pensar demasiado estorba y humillar con estilo sigue dando bastante rendimiento social.

La crueldad, cuando aprende inglés, enseguida encuentra público.

Todo esto tampoco sale de la nada. La violencia digital contra mujeres y niñas está más que documentada, también en el ámbito hispanohablante, y no se reduce a amenazas explícitas o acoso masivo con mayúsculas. En Violencia digital, ONU Mujeres aborda precisamente cómo los entornos digitales facilitan y amplifican prácticas de hostilidad, control, humillación y castigo público. A veces llega en formato brutal y evidente. Otras entra mejor peinada, con vocabulario fino y una suficiencia que casi pide aplauso.

Por eso me interesa menos jugar al diccionario perfecto de pick me y más mirar qué se hace con esa palabra una vez sale a pasear por redes. Ahí aparecen costumbres viejísimas con diseño nuevo: vigilancia del comportamiento femenino, castigo a quien incomoda, reducción de complejidad, placer de dejar a otra en ridículo sin tener que tomarte la molestia de construir un argumento entero. Mucha gente llama a eso conciencia política. Yo diría que a veces es simplemente crueldad con beca Erasmus.

Hay además una pasión muy propia de internet por repartir carnés. Decidir qué tipo de mujer resulta aceptable, cuál da vergüenza, cuál está demasiado cerca del molde correcto y cuál merece ser arrojada al cubo de las figuras irritantes del mes. Unas parecen demasiado agradables. Otras demasiado visibles, demasiado ambiguas, demasiado intensas. Otras simplemente caen mal, que suele ser el motor oculto de media teoría online. El vocabulario cambia, la estética cambia. El mecanismo lo conocemos de sobra.

Y conviene decirlo sin tanto incienso: reducir a otra mujer da placer. Simplificar da placer. Encajarla en una etiqueta empaquetada y verla ya convertida en personaje secundario de tu relato da un gustito bastante viejo. Muchas discusiones online son eso con luces LED: patio de colegio, crueldad con acento internacional, marujeo con DOI imaginario.

Claro que las palabras sirven. Nombrar dinámicas sirve para ordenar experiencia y afinar debates. El deterioro empieza cuando el término deja de abrir conversación y pasa a funcionar como una pegatina que la cierra antes de tiempo. Ahí ya no hay curiosidad ni esfuerzo por comprender nada. Solo eficacia.

Con pick me pasa muchísimo. La palabra ya no siempre apunta a una conducta definida; muchas veces señala, simplemente, a una mujer que molesta. A una que no actúa como debería. A una que despierta rechazo. A una que no entra limpia en el reparto moral del momento. Lo que podía haber servido para pensar cómo opera la validación masculina en ciertos contextos termina rebajado a teatro de superioridad moral. Y el teatro, como siempre, necesita público, risitas y alguna persona convenientemente reducida para que el show no decaiga.

Muchas discusiones online son patio de colegio con léxico importado.

Con girlboss la jugada fue parecida, pero con filtro corporativo y sonrisa LinkedIn. Se celebró durante un tiempo la versión más presentable del éxito femenino, perfectamente compatible con las mismas reglas de siempre, eso sí, con branding y aire inspiracional. Luego llegó la mueca irónica, la caricatura, la facilidad para usar el término como chiste o desprecio. En los dos casos persiste una costumbre casi obsesiva: medir a las mujeres, ordenarlas, premiarlas o ridiculizarlas según cómo encajen en un marco previo. La decoración cambia muchísimo; la costumbre de poner nota, nada.

Todo esto tiene además una vanidad muy concreta: la de sonar más lista que cruel. Mucha gente no quiere discutir, quiere sentenciar. No busca entender; busca colocar. No le mueve tanto la precisión como el placer de dejar a otra clasificada. Y si puede hacerlo con una palabra en inglés, mejor todavía, porque así el gesto parece menos cutre y más cosmopolita.

Quizá por eso ciertas palabras envejecen tan mal online. Se vuelven cómodas. Y una herramienta cómoda acaba sirviendo para todo, que es la manera más rápida de dejar de servir para pensar. A cambio, funcionan de maravilla para administrar desprecio con eficacia, que en internet siempre cotiza bien.

También hay una pereza profunda detrás de todo esto. Argumentar exige más trabajo y te deja más expuesta, claro. Obliga a decir exactamente qué te molesta, a sostener una idea, a aceptar matices y a correr el riesgo de que tu propio marco haga aguas delante de todo el mundo. Etiquetar sale bastante más barato. Lanzas la piedra, recoges aplausos rápidos y te retiras con esa expresión satisfecha de quien cree haber firmado una intervención brillante, cuando igual solo ha pegado una hostia con tote bag.

Internet adora ese milagro cutre de humillar a otra mujer y salir del asunto pareciendo profunda.

Así que sí, habrá quien siga usando pick me o girlboss como si fueran herramientas limpias y perfectamente afiladas. Allá cada cual. Lo único que conviene no perder de vista es el entusiasmo con el que ciertas palabras se convierten en excusa para hacer un trabajo bastante viejo: vigilar, reducir, humillar y salir del asunto con las manos aparentando limpieza.

Algunas palabras entraron en internet para nombrar cosas. Aquí se las puso a trabajar en otra empresa.


¿Acabas de llegar al Fediverso?

Si todavía no tienes claro qué es Mastodon, cómo elegir instancia o por dónde empezar sin que te explote la cabeza, la guía lo explica sin rodeos ni evangelismo.

Deja un comentario